decisionesproyectivasSabemos que ante una situación amenazante o peligrosa, nuestro sistema nervioso tiene un mecanismo adaptativo que nos prepara para enfrentarnos a ella, es la famosa “reacción de lucha o huída”. Esta respuesta común con los animales se desencadena independientemente de nuestra voluntad, es decir, de forma autónoma. Aunque la capacidad de preparar al organismo para afrontar el peligro no es exclusiva del hombre sí lo es la planificación de la misma, es decir, pensar sobre la situación, y esto es lo que dispara este mecanismo con antelación. El pensamiento es el gatillo que anticipa la reacción.

Lo curioso es que este tipo de respuestas autónomas o independientes de nuestra consciencia, también aparece cuando tomamos una decisión, sin necesidad de enfrentarnos a un peligro. En realidad, a la hora de decidir algo, nuestro cerebro lo ha hecho entre 200 y 300 milisegundos antes de que nosotros seamos conscientes. De alguna manera, el cerebro toma las decisiones teniendo en cuenta toda nuestra historia y es después cuando aparece la conciencia de la decisión.

Ante esta “aparente inconsciencia” podríamos plantearnos la idea de que no somos dueños de nuestras decisiones, nuestros actos o reacciones. Sin embargo, detrás de esta inconsciencia, se esconde una gran sabiduría. Todas nuestras experiencias, preferencias, gustos, opiniones y demás, están orientando esta inconsciencia. Aunque no las recordemos o no las tengamos presentes, están porque las hemos vivido. Muchas veces nos repetimos que hay que vivir el presente y a simple vista parece coherente  y recomendable, sin embargo está en nuestra memoria celular la experiencia pasada y está en nuestra naturaleza humana proyectarnos en el futuro. De hecho, nuestra propia evolución como seres humanos, ha privilegiado al lóbulo frontal favoreciendo el desarrollo del área prefrontal, para otorgarle mayor importancia a las funciones ejecutivas como la planificación, que nos identifica como seres humanos. Por lo tanto, podemos afirmar que pasado y futuro se hacen presentes, nunca mejor dicho, en cada “aquí“ y  en cada “ahora”. Son inseparables de lo que vivimos en cada momento y alimentan nuestra inteligencia intuitiva.

La idea de futuro o el poder visualizarlo sucede gracias a la plasticidad neuronal al igual que la fantasía o el sueño. Aquí pueden surgir verdaderos conflictos, ya que se pueden desencadenar físicamente reacciones de alarma frente a una realidad que solo existe en nuestra mente. La buena noticia es el potencial enorme que tenemos de trabajar con la proyección: la mente como emergente de la actividad cerebral construye una situación y el cuerpo se prepara para vivir lo que la mente creó. Esta afirmación no solo es válida ante el peligro sino también ante metas y objetivos, y constituye una enorme ventaja para nosotros, desde un punto de vista adaptativo.

Así, podemos tomar decisiones de futuro, decisiones proyectivas, sin tener toda la información o todas las certezas. Poniendo nuestra atención en lo que ya sabemos –pasado– y en lo que nos gustaría que sucediera –futuro. Es como aplicar la misma inteligencia que utilizan los jugadores de futbol cuando tiran un pase: lo lanzan hacia algún lugar en el que todavía no hay nadie y confían en que otro compañero llegará exactamente a ese punto para recibir la pelota. Realmente, tiran el pase sin saber a ciencia cierta lo que va a suceder… no lo miden, no lo calculan, no saben los movimientos de sus compañeros y, sin embargo, lo lanzan. Y lo hacen aparentemente sin pensar, muy rápido e incluso ante circunstancias estresantes como las que pueden vivir en una final importante. Para comprender mejor cómo funcionan las decisiones proyectivas y para poder entrenarnos en ellas necesitamos las 3Fs:  ficción + focalización y fe.

  • Ficción: necesitamos proyectarnos hacia lo que va a suceder o mejor dicho, hacia lo que queremos que suceda. Imaginarlo, inventarlo, cuando todavía no es realidad. Dando por hecho el resultado positivo. La mente no distingue entre realidad y ficción y se lo cree todo dándolo por válido, como si fuera real. Sabemos que así el cuerpo se activa, y que ante esta planificación se pone en la mejor disposición para la acción.
  • Focalización: trabajar con la densidad atencional. Poner foco en lo que depende de nosotros, es la conciencia de nuestro cuerpo, de la ejecución o la acción. En el caso de los futbolistas, el entrenamiento pasa por cómo colocar su cuerpo ante el balón, es curioso comprobar como cuando lanzan un pase o lanzan a portería, no miran al objetivo sino que miran su pié en contacto con el balón.
  • Fe: imprescindible. Las dudas nos debilitan en todos los sentidos… nos hacen perder concentración, sentir miedo, titubear, cometer errores. Para que todo funcione, necesitamos confianza en uno mismo y también en los demás. Como el futbolista que lanza el balón hacia un lugar en el que todavía no hay nadie. Lanzarnos a por ello, creernos que funciona y que somos capaces de dar lo mejor de nosotros mismos, confiando en todo lo que ya sabemos y en lo que queremos conseguir.

 

Marta Romo, socia directora de Be-Up

Publicado en Mayo 2013 en Observatorio de RR.HH.

ondascerebralesNuestro cerebro no está preparado para la vida moderna, en constante ajetreo, incertidumbre y presión. Los estudios, el trabajo y las actividades que exigen gran atención, hacen que el ser humano esté en continuo estado de vigilancia. Este estado de constante estrés se mantiene y potencia en personas con puestos de responsabilidad, personas que toman decisiones o que lideran equipos. Expertos neurocientíficos hablan ya del Síndrome del Liderazgo Bloqueado, que sucede cuando el cerebro literalmente se sobre carga y no puede procesar la información de forma fluida, ni dar respuestas creativas. Las personas con este síndrome presentan mayor irritabilidad e incluso somnolencia. Jessica Payne (Notre Dame Univ.) y Stephen Thomas (Southampton School of Management), ambos neurocientíficos, demuestran que para superar este síndrome y que nuestro cerebro esté en forma, necesitamos tres variables en nuestro día a día: sueño de calidad, estrés moderado y emociones positivas (afecto). Pero si buscamos evidencias científicas, no podemos obviar las investigaciones del alemán Hans Berger quien, en la década de 1920, descubrió las ondas cerebrales y su relación con diferentes estados de consciencia.

Vamos a hablar de cinco ondas cerebrales principales, medidas según la frecuencia o la velocidad del impulso y la amplitud o el voltaje del impulso. Los investigadores han verificado que ciertos estados psicológicos internos están asociados con una determinada actividad cerebral.

Las ondas Beta son las más comunes en nuestras horas de vigilia y están asociadas a los estados de alerta. Hablamos de la beta-consciencia, cuya medida es de 13 o más Hz segundo, y está asociada con la atención enfocada y el pensamiento activo de una mente con la atención puesta en el mundo externo, en lo que sucede a nuestro alrededor. En este ritmo se manifiesta el más alto grado de excitabilidad cortical y tiene lugar cuando nos mantenemos activos, en el trabajo o cruzando una calle atascada, es decir, actividades que potencian nuestros niveles de estrés.

Las ondas Gamma son las más rápidas del cerebro y provocan una mayor actividad mental y lucidez. Son las ondas de la intuición y la creatividad; se dan cuando estamos en momentos de extrema atención y concentración. Su frecuencia es de 40 a 100 Hz. Son poco habituales en el día a día y no son fáciles de conseguir, sobre todo si estamos inmersos en acciones potenciadoras de las ondas beta. Las Gamma requieren partir de estados de tranquilidad.

Las Alfa son más tranquilas, la frecuencia baja a 8-12 Hz y el estado interno se describe como de lucidez relajada. La atención de nuestro cerebro se desplaza hacia el interior, ya no estamos pendientes de lo que sucede a nuestro alrededor. Se producen si cerramos los ojos y nos relajamos.

Las ondas Theta, con una frecuencia de 4 a 7 Hz, se asocian a la somnolencia, aparecen cuando iniciamos el sueño y, a menudo, están acompañadas por imaginería y por sueños. Nos quedan las ondas Delta, que son las del sueño profundo, con una frecuencia de 0 a 4 Hz.

Es importante recordar que el cerebro siempre está produciendo múltiples ondas cerebrales al mismo tiempo en el transcurso del día. Nuestra habilidad para atender, planificar, contactar o hacer cualquier cosa está íntimamente relacionada con la combinación de las ondas cerebrales que el cerebro produce. Así, la fluidez, ese momento en el que damos lo mejor de nosotros mismos, sucede cuando las ondas cerebrales están perfectamente alineadas con la tarea que estamos realizando. Errores, confusión, estrés, ansiedad, etc., son causadas a menudo por una pésima combinación de ondas cerebrales. El problema viene cuando una onda cerebral comienza a dominar la mayor parte del tiempo, que es exactamente lo que está provocando la vida moderna. La cultura de estrés obliga a nuestro cerebro a permanecer en el patrón de ondas Beta constantemente cuyas consecuencias son el Síndrome del Liderazgo Bloqueado del que hablábamos anteriormente. De aquí la importancia de aprender a gestionar y provocar otras ondas, fomentar la diversidad en nuestras acciones impacta positivamente en el cambio de onda.

El Dr. David Rock, fundador del Neuroleadership Institute, junto con el Dr. Daniel J. Siegel diseñaron una dieta mental con siete tareas esenciales diferentes para que nuestro cerebro esté en forma y se generen cada día todo tipo de ondas cerebrales.

Podemos diseñar una agenda con los siete nutrientes esenciales y los colores del arco-iris, de manera que sea fácil comprobar que los siete colores están en cada día de la agenda. Aquí van los siete nutrientes:

-        Focalizar (color rojo): tiempo dedicado a enfocarse en las tareas, fijarse y cumplir objetivos. Cuando trabajamos o nos mantenemos en estados de alerta. Potenciador de ondas beta.

-        Jugar (color naranja): dedicar tiempo a ser creativos, espontáneos, vivir experiencias divertidas y nuevas, reírnos. Potenciador de ondas gamma.

-        Conectar  (amarillo): tiempo dedicado a conectar con los demás, disfrutar de una buena conversación, mantener contacto físico. Potencia todo tipo de ondas según el tipo de contacto.

-        Hacer ejercicio Físico (verde): practicar algún deporte, caminar, bailar, moverse. Potenciador de ondas gamma y beta.

-        Desarrollar la introspección (azul): momentos de reflexión, cuando nos dedicamos a mirarnos por dentro, enfocándonos en nuestras sensaciones, pensamientos… Potenciador de ondas alfa, gamma y theta.

-        No hacer (añil): tiempo de no hacer nada, relajarse, permitir al cerebro dar vueltas sin un objetivo. Potenciador de ondas theta y delta.

-        Dormir (violeta): sueño de calidad, dar al cerebro el descanso que necesita, para consolidar los aprendizajes del día y recobrar fuerzas. Potenciador de ondas delta.

Marta Romo, socia directora de Be-Up

Publicado en Abril 2013 en Observatorio de RR.HH.

formaciónPregúntate a cuántos cursos has ido a lo largo de tu carrera profesional. ¿Cuántas horas de formación has vivido? Probablemente te asombre la cantidad de tiempo que has dedicado a formarte. Y ahora, pregúntate cuántos comportamientos nuevos y sostenibles en el tiempo han sido fruto de esas formaciones. O mejor aún, si el número de horas es proporcional a la cantidad de cosas que has aplicado o llevado a tu día a día.

Ya en el año 2001, el consultor David Maister, autor de la investigación y libro Practice what you preach demostraba que la formación era necesaria para desempeñar un puesto de trabajo, pero que no correlacionaba con el aumento de la satisfacción de los clientes, ni de los empleados, ni afectaba a la cifra de negocio. Es decir, que cuando una persona está ya preparada para desarrollar su rol, invertir en más horas de formación no cambia nada. Y es que sabemos que la formación es condición necesaria, pero no es suficiente; por eso, es el momento de plantear algo diferente.

Bienvenidos a la era del aprendizaje, en la que aprender no es un hecho aislado, sino un proceso y una experiencia. En la que necesitamos ver resultados tangibles y cuando hablamos de aprendizaje y desarrollo de personas, estos se traducen en hábitos.

La ciencia ha clarificado cómo se generan nuevas rutinas en nuestro cerebro, lo que podemos llamar la fórmula del hábito. El ingrediente mágico es una sustancia conocida como mielina, que es la vaina que une las nuevas neuronas conectadas y que las mantiene unidas fuertemente. Todavía no se conocen con exactitud las bases neurofisiológicas del aprendizaje, sin embargo, si se tienen certezas de que está relacionado con la modificación de las conexiones sinápticas . ¿Qué necesitamos para que se produzca el hábito?, o mejor dicho, ¿qué hay detrás de la mielinización? Pues bien, lo primero es identificar y aceptar la necesidad. Si no lo necesitamos, no lo vamos a aprender. Cuando una persona identifica y percibe que necesita algo, determinadas neuronas se inflan y se aproximan unas a otras. La segunda condición del hábito es la repetición. Una vez que nuestras neuronas se han acercado, tenemos que engancharlas y unirlas unas con otras con la famosa mielina y esto se consigue haciendo y repitiendo la acción de forma sostenida con el esfuerzo que conlleva. Hasta que llega un momento que sale solo, no hay esfuerzo hay hábito. No menos importante para nuestra fórmula del hábito, es tener los conocimientos y herramientas para poder identificar las necesidades y habituarnos, es decir hacer, hacer y hacer. Si entendemos bien esta fórmula, podemos generar procesos de aprendizajes potentes y a la vez sencillos para generar y aplicar comportamientos nuevos.

La habituación se puede considerar la forma más primitiva de aprendizaje, y se da en todos los niveles del organismo, desde el celular  hasta el psicológico. La habituación no es una conducta innata. Por el contrario, se trata de verdadero aprendizaje, ya que representa un cambio de conducta a partir de la experiencia. Y volvemos de nuevo a la experiencia, no podemos generar nuevos aprendizajes y transformarlos en hábitos, si no experimentamos con nuestra propia realidad.

Otros descubrimientos neurocientíficos apuntan hacia la concepción del aprendizaje como el resultado de la interacción compleja y continua entre tres sistemas: el sistema afectivo (cómo nos afectan emocionalmente las situaciones), el sistema cognitivo (nuestras creencias, interpretaciones y reflexiones) y el sistema expresivo (relacionado con las áreas de función ejecutiva, articulación de lenguaje y homúnculo motor). Así, podemos afirmar que el aprendizaje se produce cuando impacta en nuestro comportamiento y hay cambio.

Desde esta perspectiva, el aprendizaje adquiere una dimensión personal e intransferible por lo que ha de estar totalmente adaptado a cada individuo, con sus características personales y con su entorno concreto. De manera que si en un curso, un conjunto de alumnos reciben el mismo paquete de contenidos, no hay personalización y, por tanto, la experiencia de aprendizaje se diluye. Y aunque cada alumno elija qué aprende o qué se lleva de esa formación, después cuando sale del aula, se topa con su entorno y la fuerza del día a día desbanca lo aprendido. Por ello, una de las claves del éxito de los procesos de aprendizaje radica en que han de realizarse en el entorno habitual de la persona. De esta forma, nos aliamos con el día a día y este deja de ser una amenaza.

Bajo este prisma, ya no hay ni estudiantes, ni alumnos. Ahora hablamos de protagonistas, actores, exploradores… Y en lugar de maestros, profesores o formadores, hablamos de entrenadores. La formación se transforma en aprendizaje y es algo fácil, que tiene que ver contigo. Imagina que pudieras observar, escuchar, sentir, reflexionar, experimentar y divertirte mientras estás aprendiendo. De esto se trata.

¿Cómo se materializa? Diseñando experiencias o procesos de aprendizaje que parten de un diagnóstico, con contenidos de última generación y en distintos formatos (vídeos, podcast, artículos…), ejercicios sencillos de reflexión y aplicación en el puesto de trabajo y también en la vida personal, incluyendo el wellness o autocuidado, con la oportunidad de contar y compartir tu experiencia con otros colegas (testimoniales, espacios colaborativos, concursos…) y con el apoyo de un entrenador con el que puedes interactuar. Parece un sueño y ya es realidad. La formación es fundamental y a la vez no es suficiente, podemos complementarla con nuevos enfoques y tendencias para que cumpla su auténtica función: transformar a las personas y su entorno.

Marta Romo, socia directora de Be-Up

Publicado en Marzo 2013 en Observatorio de RR.HH.

tecnoestresConectados a toda hora, siempre disponibles y dominados por una necesidad de consultar continuamente el correo y las redes sociales, vivimos un momento fascinante y a la vez peligroso por el impacto que puede tener en nuestra salud. Dificultades con el sueño, dolores de cabeza, cansancio continuado, irritabilidad, fallos en la memoria, ansiedad, necesidad de perder el tiempo antes de hacer algo importante, dolores en articulaciones… son trastornos frecuentes a los que no somos ajenos por el impacto constante de la conectividad en nosotros.

Seguro que en alguna ocasión, o en muchas, el exceso de emails acumulados sin contestar en la bandeja de entrada ha podido contigo. Si es así, es que sufres el Email bankruptcy o bancarrota por email. Acuñado por la profesora Sherry Turkle del MIT en el año 1999, que investigó sobre el impacto de las nuevas tecnologías en el hombre, cuando Internet era todavía un extraño en nuestras vidas. La idea es simple, es como declararse en bancarrota pero no por la pérdida de dinero, sino por la pérdida de control ante el exceso de mails.

La ansiedad ante la bandeja de entrada llena es apenas una de las evidencias del tecnoestrés o estrés digital. Expertos neurólogos han demostrado cómo la hiperconexión y las distracciones permanentes, impactan directamente en nuestra biología cerebral. Cada vez somos menos capaces de concentrarnos en tareas que llevan tiempo y demandan gran atención. Este es uno de los grandes problemas que tienen nuestros jóvenes, hoy en día, la dificultad con la densidad atencional. La psicóloga especialista en estrés Elena Weintraub habla incluso de la sobreestimulación permanente a la que estamos sometidos por la hiperconectividad, la incapacidad de procesar tanta información y cómo esto puede afectar a nuestro sueño.

¿Cómo evitar que esta hiperactividad e hiperconectividad nos bloquee y nos deje en bancarrota? Resulta difícil hablar de una receta mágica, básicamente por el círculo vicioso que se genera cuando lo que genera ansiedad -la conexión continua- es la vía de escape para esa misma ansiedad. En este sentido, podemos hablar de cierto comportamiento adictivo, generado por el hábito de la conectividad adquirido, que puede generar incluso cierto síndrome de abstinencia ante la ausencia de conexión.

Adaptación es la palabra clave

Aceptar que no podemos responder a todas las demandas de nuestro mundo virtual, contribuye a relajarnos. Descubrir que no somos tan imprescindibles y que si no contestas a todos los emails, no tiene ninguna consecuencia ya que en la mayoría de ocasiones estás en copia o no puedes aportar nada. Buscar la productividad de tareas, reduciendo la cantidad también ayuda, menos es más para nuestro cerebro. Buscar la productividad personal tiene que ver con dedicar menos recursos para conseguir nuestros objetivos y eso pasa necesariamente por la planificación y la reducción. No se trata de aumentar cada día, sino de disminuir cada día. Eliminar lo superfluo, lo que no aporta nada. Hacer menos no es vagancia, esto resulta difícil de aceptar porque nuestra cultura recompensa el sacrificio personal en lugar de la productividad personal.

Si queremos aprovechar mejor nuestros recursos necesitamos, además una dosis importante de descanso, el interés y la energía son cíclicos, y necesitan renovarse. Al igual que tenemos el ciclo circadiano del sueño y necesitamos un mínimo de horas para dormir, también tenemos un ciclo de atención. Por otra parte, la práctica sostenida de algún deporte aeróbico, puede ayudarnos significativamente a drenar esa ansiedad o sensación de descontrol que podemos sentir al estar ante tantos estímulos. La práctica deportiva en sí misma es una de las mejores válvulas de escape que existe, ya que con su realización eliminamos muchos de los efectos causados por las situaciones de estrés, y conseguimos un estado de relajación que nos hace sentir mucho mejor. Además, el ejercicio librera en nosotros la hormona de la felicidad, por lo que además, contribuimos a sentirnos mucho mejor, y sobre todo, a olvidarnos de la bancarrota.

Marta Romo

Publicado en la revista Profesiones, enero-febrero 2013

optimismoSeguro que muchas veces has pensado “cuando alcance mi objetivo o consiga tal cosa, estaré contento” o “no me sentiré bien hasta que  logre mi objetivo de ventas o haga tal cosa”.  Este tipo de pensamientos son muy comunes, probablemente formen parte de nuestro razonamiento sobre la felicidad o sobre cómo sentirnos bien. Por una parte, nos ayudan a centrar nuestra atención en una meta, a centrar nuestros esfuerzos en un propósito. Sin embargo, cuando localizamos la felicidad  en alcanzar un objetivo o ponemos el foco en una condición de resultado para encontrarnos bien, esta puede esfumarse rápidamente cuando conseguimos la meta deseada. Esto hace que en muchas ocasiones se entienda la  felicidad como algo posterior al éxito y sobre todo, hace que trabajemos constantemente angustiados por el logro de resultados, alejando el bienestar del entorno de trabajo ¿Dónde está el secreto entonces?

Una de las claves está en entrenarnos en el uso de la Inteligencia Positiva. Shawn Achor ha publicado recientemente en la Harvard Business Review un artículo interesante sobre el tema. Achor nos revela que el pensamiento positivo es clave para obtener un desempeño excelente y encarar los desafíos de una forma altamente efectiva. Y no alrevés, es decir, no podemos dar lo mejor de nosotros cuando, supeditamos nuestro bienestar mental y emocional a una condición de resultado. Basándose en un meta-análisis de 225 estudios, encontró evidencias sobre lo que denomina, “la ventaja de la felicidad” para el trabajo, demostrando que los resultados son mucho mejores cuando la visión del profesional es positiva y se siente autorealizado en su puesto de trabajo. En su estudio, también encontró evidencias claras de causalidad entre la satisfacción en la vida y el éxito en los resultados de negocio.

Una de las mayores barreras que encontramos a la hora de entrenar nuestra inteligencia positiva, es el pensamiento rutinario o rumiante. Este pensamiento tiene que ver con mensajes repetitivos, que no llevan a ningún resultado, a ninguna solución,  sino que dan vueltas sobre sí mismos. Pensamientos boicoteantes, a los que no prestamos atención directa, pero que van haciendo mella en nuestra actitud, poco a poco. Y realmente, son estos pensamientos recurrentes, los que condicionan nuestra vida. Pensamientos, conductas y reacciones emocionales memorizados (temor, culpabilidad, falta de autoestima, enfado, prejuicios…) que son muy adictivos y que funcionan como programas informáticos instalados en nuestro cerebro.
 Esto hace que muchas personas tiendan a pensar más en sus problemas en lugar de pensar en las posibilidades que tienen. Porque pensar en los problemas es más sencillo, tiene que ver con lo que ya sabemos, con el pasado, con lo conocido y requiero poco esfuerzo hacerlo (básicamente porque el cerebro consume menos energía). Sin embargo, pensar en posibilidades, tiene que ver con el futuro, con crear, imaginar, planificar y esto requiere más esfuerzo por nuestra parte. Por eso, entre otras cosas, la queja está tan integrada en nuestro discurso y en las conversaciones con colegas o compañeros de trabajo. Es mucho más fácil quejarse y a priori, hasta más divertido porque se está saciando esa adicción de la que hablábamos. Pero aunque a corto plazo sea agradable hacerlo, a medio plazo es desastroso para nuestro estado de ánimo, para el ambiente de trabajo en las organizaciones e incluso para lograr una transformación social. Y las consecuencias son la parálisis, el bloqueo y la ausencia de acción.

Curiosamente el pensamiento rumiante aparece en el día a día, ante las dificultades o las incertidumbres, mientras estamos buscando conseguir nuestros objetivos, que por otra parte, hemos convertido en nuestros condicionantes para ser felices. Buf!! Realmente estamos siendo poco inteligentes, o mejor dicho, nuestra inteligencia está siendo negativa.

Llegados a este punto, nos encontramos con un dilema un tanto contradictorio: por un lado, tendemos a condicionar y posponer nuestra felicidad en función de nuestros logros y por otro nos paralizamos por la queja y el pensamiento rumiante que aparece en el día a día mientras nos esforzamos por lograr lo primero. Realmente, con este planteamiento, es difícil que podamos dar lo mejor de nosotros y liberar todo nuestro talento.

La mayor parte del tiempo nuestro cerebro no piensa. Lo que hace es almacenar y buscar pensamientos como patrones de experiencia. Estos patrones piensan por nosotros. Cuando nuestro cerebro reconoce una parte de un patrón, pone en acción todo el patrón almacenado como modelo.  ¿Cómo aprendemos a modelar patrones nuevos? Noam Chomsky, investigó el modo en que los bebés adquieren el lenguaje, algo nuevo para ellos, y descubrió que la herramienta más efectiva que utilizaban era la repetición. Aprendemos por repetición, repetición, repetición. Es decir, ejercitándonos. Aunque la palabra repetición no es del todo adecuada, es más correcto decir que aprendemos generando hábitos. El poder de la repetición es la vía más sólida para aprender nuevos patrones. Si construimos modelos nuevos por repetición, podemos cambiarlos también por repetición.

La ciencia nos demuestra que podemos prepararnos y entrenarnos para mejorar nuestra inteligencia positiva a través de los hábitos de acción y de pensamiento que cultivamos.  La manera en la que actuamos con nuestros compañeros, el estilo explicativo que tenemos sobre los acontecimientos, la forma en la que afrontamos el estrés… Todos estos factores pueden ser entrenados para incrementar la felicidad y el bienestar en nuestro día a día. Esta es precisamente otra de las claves, encontrar la satisfacción en el día a día. Veamos algunas ideas para repetir cada día, generar nuevos hábitos de pensamiento y desarrollar nuestra inteligencia positiva.

  • Anotar tres cosas que te resulten gratificantes al final de cada día.
  • Proporcionar feedback positivo o reconocimiento a otra persona.
  • Escribir un mensaje positivo para alguien de tu red social.
  • Meditar en el despacho dos minutos.
  • Responder positivamente a una crítica.
  • Planificar tus objetivos.
  • Buscar una frase positiva para ti, que te anime a la acción y repetirla con frecuencia.
  • Tomarse dos minutos para describir en un diario la experiencia más significativa de las últimas 24h.

 

Marta Romo, socia directora de Be-Up

Publicado en Enero 2013 en Observatorio de RR.HH.

El ejercicio del liderazgo hoy en día supone aceptar y ayudar a los demás a navegar en el desequilibrio, en la incertidumbre, distinguiendo lo esencial de lo prescindible. Es necesario que el líder sepa manejarse en semejante entorno y ayudar a que los demás aprendan a tolerar las situaciones de incomodidad. El objetivo no es lograr la incomodidad -ya que la incertidumbre es debilitante para nosotros, pues perjudica el rendimiento y distrae del presente-, sino gestionarla buscando en todo momento ubicarse en la zona productiva de desequilibrio. Para explicarlo mejor, podríamos decir que por debajo de la zona productiva de desequilibrio, la gente se siente cómoda, satisfecha… y por encima de esta zona, las tensiones producidas son tan intolerables que comienzan a perjudicarnos seriamente. La neurociencia nos enseña que una leve incertidumbre atrae el interés y la atención, y que las situaciones nuevas y desafiantes, despiertan la curiosidad y la energía. Este sería el punto al que dirigirnos para ampliar nuestro “ancho de banda” y para saber si estamos en la zona productiva de desequilibrio.

anchobanda“Ancho de banda” es el conjunto de estrategias y recursos personales de los que dispone un líder para movilizar e impulsar el cambio adaptativo en otras personas y en una organización. El primer destino para lograrlo es el autoconocimiento: realizar un inventario de las fortalezas, pues estas son las que llevarán al buen puerto, e identificar las barreras para anticiparlas y determinar en qué aspectos es necesario contar con refuerzos. Para aumentar el repertorio no queda otra alternativa que aumentar el nivel de tolerancia y reducir la necesidad de control. Esto es, aceptar la labor de generar caos, confusión y conflicto, tanto en uno mismo como en los demás. Implica prepararse a nivel personal para elevar los niveles de tolerancia al desorden, la ambigüedad y la tensión. Ejemplos de este comportamiento pueden ser hacer las preguntas que nadie quiere hacer o señalar incongruencias entre los valores que se sostienen y el comportamiento real. Este movimiento al filo de las expectativas de los demás es lo que permite impulsar el cambio -es mejor pedir perdón que pedir permiso-, aunque no siempre está bien visto.

Ampliar nuestro “ancho de banda”, como líderes, exige cambiar los comportamientos por defecto, adentrarse en terrenos desconocidos para aprender cosas nuevas y esto implica experimentar un inevitable periodo de incompetencia. Como vemos, expandir nuestra banda exige salir de la zona de confort, corriendo el riesgo de que puedan hacerse patentes nuestras debilidades. Normalmente, toda persona que se encuentra en una posición de autoridad mostrará una gran resistencia a mostrar aquellos aspectos en los que es ignorante o simplemente incompetente. Sin embargo, esta actitud es contraria a lo que los desafíos adaptativos exigen para ser resueltos: ir hacia lo desconocido para intentar a aprender algo de lo que carecemos. Es decir, reconocer que nos falta algo, que no sabemos, o que necesitamos. Para ello, a nivel organizativo será indispensable promocionar una cultura que valore el aprendizaje y no penalice el error; y a nivel personal requiere aceptar que somos vulnerables.

Para no perder el rumbo ante la incertidumbre, la emergencia, las prisas y el estrés, resulta fundamental clarificar el propósito de nuestro movimiento. Sobre todo, identificar aquellos propósitos mayores por los que estamos dispuestos a entregar esfuerzos y sacrificios. Tener la sensación de que existe una dirección que guía el proceso resulta incluso más útil que un objetivo claramente definido. Una percepción de direccionalidad, de saber hacia dónde se quiere ir, aunque no se pueda concretar qué se espera encontrar, permite volver atrás sobre los pasos dados, haciendo correcciones y redefiniendo el proceso. Definir un propósito común es algo complicado, ya que implica sacrificar algunos intereses de unos pocos por el bien de la mayoría. Sin embargo, su valor como guía es muy potente, por ejemplo a la hora de enfrentarse a decisiones difíciles, o como “faro en la tempestad”, cuando los resultados o perspectivas de futuro no sean demasiado halagüeñas.

Nadar por las aguas de la incertidumbre supone un gran desgaste, por lo que el líder debe estar alerta para evitar que sus esfuerzos le agoten por completo. Renovarse es un asunto urgente. Existen algunas estrategias para evitar dicho desgaste, veamos algunas:

-        Construye una red personal de aliados, ya sea en forma de consejeros o de apoyo moral que te defiendan de posibles opositores y de tus propias debilidades.

-        Busca formas de satisfacer necesidades (poder, aceptación, relevancia, amor, afiliación, control, etc.) fuera del ámbito laboral.

-        Dedica tiempo a perseguir inquietudes personales (hobbies, grupos de referencia etc.).

-        Vigila la propia salud. Ejercer el liderazgo adaptativo requiere fortaleza, por lo que será necesario contar con formas para evitar quedarse sin energías.

-        Crea “refugios” de tiempo y espacio que permitan salir del ámbito profesional, de modo que puedas dedicarte a cuidar de ti mismo y reponer fuerzas, así como calmar tus necesidades y alimentar sus inquietudes.

-        Contar con diversas áreas (familia, grupos de referencia, inquietudes etc.) que den significado a tu vida e importancia a las decisiones que tomas. Esto te hará menos vulnerable en caso de que surjan dificultades en una de ellas.

-        Busca pequeñas victorias o satisfacciones diarias, es una buena estrategia para no perder energía a lo largo del proceso.

-        No dejes pasar la oportunidad de ejercer el liderazgo: la vida, y no solo en el ámbito laboral, ofrece muchas posibilidades para enfrentarse a un cambio. Atreverse es el primer paso para crecer y ampliar tu “ancho de banda”.

 

Marta Romo, socia-directora de Be-Up

Publicado en Diciembre en Observatorio de RR.HH.

 

tiempoliquido

Vivimos un momento líquido, voluble en el que los modelos y estructuras sociales ya no perduran lo suficiente como para enraizarse y gobernar nuestras costumbres, básicamente por los cambios constantes. Una de las características que mejor definen el nuevo escenario es la estructura de flujo. Este fenómeno está cambiando nuestra forma de trabajar y nuestra forma de ver el mundo y de relacionarnos. Nunca antes habíamos tenido una estructura de flujo caracterizada por la globalidad y la falta de espacialidad. El ejemplo más claro lo constituyen comunidades como Facebook, Twitter, Flickr, Instagram, Myspace, Wikipedia y otras muchas que demuestran que ya no hay fronteras ni temporales por los usos horarios, ni espaciales, ni siquiera culturales. Y esto nos exige que seamos “flexibles”, que gestionemos mejor nuestros recursos, nuestra energía, en definitiva nuestra agenda, ya que si no, el tiempo, la vida, se diluye y se nos escapa entre los dedos, como si fuera agua.

¡Necesito más horas en mi día! Seguro que más de una vez has tenido este pensamiento. ¡Necesito que me dejen tranquilo! Seguro que también se te ha pasado alguna vez por la cabeza. Pero, ¿realmente quieres que tu día tenga más horas?, ¿estás seguro de que quieres que te dejen en paz? Si ponemos atención a este tipo de preguntas o quejas, la mayoría de las veces son excusas o justificaciones. A veces, el mantener una imagen de persona ocupada, de tener mucha prisa nos interesa, ya que es una excusa para no ser asertivo (habilidad para expresar lo que realmente quieres sin hacer daño al otro). Para no enfrentarnos a una persona; para evitar decir no directamente, porque simplemente “no quiero”, recurrimos al recurso fácil de decir no porque “no puedo”.

No existen recetas mágicas que nos ayuden a solucionar radicalmente nuestra dificultad con la gestión del tiempo, con la cantidad de información que recibimos, las interrupciones, las urgencias, los imprevistos… pero si queremos aprovechar mejor nuestros recursos necesitamos, para empezar, una dosis importante de autodisciplina. Y después puede ayudarnos pensar que menos es más. Aquí nos topamos con la manida ley de Pareto: con el 20% de nuestras acciones logramos el 80% de nuestros resultados. Y esto, ¿cómo podemos aplicarlo en nuestra cotidianidad?

Acepta:  Lo perfecto rara vez resulta rentable ylo peor y lo mejor son enemigos de lo bueno. En ocasiones nos entretenemos en detalles que realmente no aportan nada. Si una tarea es de 10, hazla de 10, pero si es de 6, hazla de 6. Acepta también que tus recursos son limitados, que eres humano y que los demás también lo son. Y lo más complicado, acepta que tendremos imprevistos e interrupciones… Está demostrado  que si trabajas por cuenta ajena sólo eres dueño del 30% de tu tiempo.

Haz lo que haces: Una tarea requiere un tiempo tanto mayor cuantas más veces la interrumpimos y reanudamos. Pon foco, céntrate, evita las interrupciones cuando estés concentrado. Si tienes jefe, compañeros, clientes, proveedores… concéntrate en ese 30% de tu tiempo que depende de ti.

Elimina: No has de acumular, sino eliminar. No se trata de aumentar cada día, sino de disminuir cada día. Elimina lo superfluo, lo que no aporta nada. Hacer menos no es vagancia, esto resulta difícil de aceptar porque nuestra cultura recompensa el sacrificio personal en lugar de la productividad personal.

Descompón: Para una tarea corta siempre se encuentra un minuto. Para una larga, nunca hay tiempo. Esto nos lleva a dejar estas tareas que suelen ser las esenciales para otra ocasión. Si tienes tareas que requieren mucho tiempo, divídelas en partes pequeñas y verás que es más sencillo así… y después ¡date una recompensa al finalizar la tarea completa!

Deja de preocuparte y ocúpate: Es increíble el tiempo que perdemos lamentándonos, quejándonos o simplemente recibiendo información que después no nos sirve para nada. Un ejemplo práctico sobre el uso del e-mail: si lees los correos, haz algo con ellos, ocúpate de ellos (archívalos en la carpeta correspondiente, bórralos, contesta, etc.) pero no los leas si no vas a hacer nada con ellos en ese momento. Nuestro cerebro necesita cerrar temas y si inicias algo o recibes información y lo dejas incompleto, tu cabeza sigue con ello a pesar de que estés en otra tarea.

Pregúntate: ¿Por qué yo?: Prueba a decir que no de vez en cuando, verás que no sucede nada. Cada vez que alguien te proponga hacer una tarea hazte esta pregunta, porque tal vez no seas la persona adecuada. Cuidado, hay auténticos expertos en pasar marrones.

Descansa: el interés y la energía son cíclicos. Al igual que tenemos el ciclo circadiano del sueño y necesitamos un mínimo de horas para dormir, también tenemos un ciclo de atención. Respeta los ciclos ultradianos que tienen lugar cada 90 o 120 minutos. Trabajando sólo cuando eres más eficaz, serás más productivo y disfrutarás más de la vida.

Si tienes que hacerlo, hazlo ya: Huye de la adicción a procrastinar. El retrasar las cosas, aunque siempre exista un motivo de refuerzo o excusa, una tarea poco atractiva, inseguridad. Al final es mejor quitárselo de encima cuanto antes porque toda tarea se dilata indefinidamente hasta llegar a ocupar la totalidad del tiempo disponible para su completa realización.

En definitiva:

  • La mayoría de las cosas que hacemos, no cambian nada.
  • Hacer algo intrascendente bien, no lo convierte en importante.
  • Exigir mucho tiempo para realizar una tarea, no la convierte en importante.
  • Mantenerse ocupado es una forma de pereza: pensamiento perezoso y acciones indiscriminadas.
  • Hacer menos, es el camino hacia la productividad.

Recuerda, que carecer de tiempo, es carecer de prioridades.  De vez en cuando, para y pregúntate: ¿Estoy siendo productivo o simplemente activo?

Marta Romo, socia directora de Be-Up

Publicado en Diciembre en Observatorio de RR.HH.